Mi origen defensivo

miércoles 4 de noviembre de 2009

Soy de la opinión de que el conocimiento humano no puede alcanzar el origen del porqué de las cosas, si no que ha de centrarse en el cómo.



Aún así, me siento capacitado para explicar la razón primera (que no última) de mi obsesión por el fútbol defensivo.

Noviembre de 1992. Se celebraban las fiestas de mi colegio, en honor a San José de Calasanz, y uno de los actos estelares eran los partidos de fútbol que se disputan entre la clase "A" y la "B" de cada curso. Auténticos derbis en los que los contendientes parecían jugarse poco menos que la vida. Los partidos duraban unos veinte minutos, para que diera tiempo a todos los cursos a jugar su partido, y los equipos estaban formados por siete u ocho jugadores, según la cantidad de niños que se hubieran apuntado para jugar.

Aquel año me tocó en el mejor equipo; un compendio de peloteros que maravillaban en los recreos de cada mañana con sus regates imposibles y sus goles por la escuadra. En mi equipo estaban tres o cuatro de los mejores jugadores de mi curso, y todo apuntaba a una victoria holgada. Pronto pudimos comprobar que no sería así. Corrían los primeros compases del encuentro cuando, a la salida de un corner, encajamos el primer gol.

Sin dudarlo, fuimos con rabia al ataque, en busca del empate. Sin embargo, nos topábamos una y otra vez con un equipo ordenado, con dos jugadores (de lo peorcico de clase) siempre en posiciones de defensa, además del apoyo del resto del equipo. En un contragolpe nos hicieron el segundo. Joder, si es que no había ninguno de los nuestros defendiendo, pensábamos. ¿Y qué hacemos? ¿Ponemos dos atrás como ellos?, nos preguntábamos. ¡Quiá! ¡Si lo que tenemos que hacer es marcar goles! ¡Vamos todos al ataque!

Cuatro a cero. Tenía ocho años y me acababan de dar mi primera lección táctica.

Al volver a casa me eché en el sofá, triste, hundido, pensando no volver a jugar a fútbol nunca más. Serían las siete de la tarde y en la tele ponían un partido del Madrid, imagino que de la Copa de la U. E. F. A., jugado en algún lejano país europeo. El portero madridista era Pedro Jaro, que lucía pantalones largos, cuya parte inferior cubría con los calcetines.

Catenaccio

domingo 25 de octubre de 2009


El eterno debate futbolístico sobre si lo importante es jugar bien o ganar es absurdo y caduco. Todo el mundo prima el resultado ante cualquier otra consideración formal. La cuestión es cuál es el camino idóneo para alcanzar dicho resultado: defender bien o atacar bien. La historia está llena de equipos campeones partidarios de cada una de las dos tendencias, desde el Barcelona de Guardiola hasta la Juventus de Lippi, pasando por el Inter de Helenio Herrera, el Milan de Sacchi o Real Madrid de Di Stéfano (imagino).

En Egocrazia no podemos mantenernos al margen de esta dicotomía, así que vamos a tomar parte. Este blog se manifiesta, sin ningún tipo de duda, netamente defensivo, fanático del Catenaccio y, por ende, del fútbol italiano. Antes de nada, tenemos que reconocer que éste va a ser un post originalista más que original, pero que todo lo que aquí se escriba se hará con un convencimiento absoluto.

El Catenaccio es ante todo una opción pacifista. De no agresión. Su primera ley no escrita es la de concederle la pelota al equipo contrario. En absoluto buscar la portería ajena y hacer daño al rival. Nada que ver con ese infierno de regates, pases interiores y ocasiones de gol al que somete a sus enemigos el Pep Team desde el pitido inicial. El Catenaccio vive y deja vivir.

Más motivos para ser catenaccista: es una forma de juego generosa. Todos hemos sufrido en las pachangas del recreo a ese compañero chupón que no pasaba el balón en todo el partido. Acababa el recreo y no habías tocado bola. Eso no es jugar a fútbol. Tampoco es jugar a fútbol estar continuamente detrás de la pelota y ver cómo el equipo rival toca y toca, y ataca y juega, y tú te limitas a correr. El catenaccio, al dar la posesión del balón al equipo contrario, se sacrifica en pos del divertimento ajeno. Que sean ellos los que se diviertan y se lo pasen bien. Los que jueguen a fútbol, en definitiva.

Me gustaría también llamar la atención sobre el aspecto cristiano que presenta el Catenaccio. El Catenaccio recibe una bofetada y, no sólo pone la otra mejilla, si no que pone todas las partes del cuerpo. Una y otra vez. Es atacado sin cesar, sin decir ni mú. Se limita a despejar como chubasquero que repele el agua.

Otro aspecto que no puede ser obviado es la épica del catenaccio. Es una opción futbolística que nos recuerda a los sitios de Zaragoza, por ejemplo. Un puñado de hombres aguerridos que están dispuestos a darlo todo por defender su posición. Cualquier sitio, cualquier defensa, como la de Numancia, es más épica y emocionante que una invasión. Uno no puede si no ponerse de parte del asediado, del que pasaba por allí y sufre un ataque sin mediar palabra.

Y por último, algo a lo que ya hacía referencia al comienzo, la originalidad. Todo el mundo prefiere el fútbol ofensivo. Todos los aficionados, periodistas, comentaristas y futbolistas lo prefieren. Incluso los entrenadores... fíjense, no ha nacido el entrenador que se considere a sí mismo como entrenador defensivo. Por todo esto y porque parece algo políticamente incorrecto, me declaro total partidario de su Majestad el Catenaccio.

Tacháaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan

lunes 24 de agosto de 2009


Llevo unos días pensando en la posibilidad de actualizar. Me da pena ver al que en otro tiempo fuera el blog más activo del mundo siempre con el mismo post en su portada. El auge de las redes sociales han provocado que ya no valga publicar cualquier cosa. Para subir una foto, un vídeo del youtube, o escribir una opinión apresurada, ya está el muro del facebook. Aquí hay que currárselo un poquito.

La cosa es buscar temas como, por ejemplo, el dicho de "azul con verde, muerde", con el que no podría estar más en desacuerdo. O la serenidad que transmiten los sencillos rasgos faciales de Tintín. Pero claro, luego hay que desarrollar esos temas.




Y yo lo que quiero es estar allí.

Andrés

viernes 8 de mayo de 2009

Los discos de música tienen un promedio de unas once canciones; tantas como futbolistas tiene un equipo de fútbol. Así, me resulta inevitable comparar las canciones de cada disco con las demarcaciones propias de cada dorsal. La número 9 es el delantero centro y la número uno, el portero. Tal vez la culpable sea "Maradona", la canción número diez de "Honestidad Brutal".



Con estas premisas, "Andrés" me tiene loco. La antología del genio argentino consta de seis discos, tres de ellos dedicados a lo mejor de su carrera, y otros tres a rarezas, caras B, instrumentales y versiones. Con los tres segundos no hay problema, pero lo de los tres primeros es un desbarajuste.

Lo mejor es dar ejemplos. "Te quiero igual" lucía en "Honestidad Brutal" el número dos, dorsal tradicionalmente asignado a los laterales derechos. En este caso, uno de auténtico lujo, algo así como un Daniel Alves hecho canción. Sin embargo, en las obras incompletas aparece con el número nueve, casi en la otra punta del campo, en la demarcación de delantero centro. Incomprensible.

Otro ejemplo. "El día de la mujer mundial" fue allá por el 99 el portero que todo disco soñaría. Una canción imbatible, perfecta para abrir el disco. Pues bien, ahora le ha dado a Calamaro por ponerla con el número 4, de central (o de mediocentro, si seguimos el patrón del Barcelona). ¿Imagináis a Casillas organizando el juego de la seleccón española? ¡Qué locura padre cura!

En fin, ya veremos en qué acaba esta revolución que, por cierto, se antoja bolchevique, a juzgar por la estética de la portada y el libreto de estas obras incompletas de Andrés Calamaro.



¿Cómo alguien puede ser ATEO?

jueves 16 de abril de 2009

Juventus de Turín

miércoles 15 de abril de 2009



No me gusta ser de un equipo así por que sí. Sin razón alguna. Sin un motivo fuera de lo temporal que implique jugadores o entrenadores pasajeros.

El motivo por el que soy del Real Zaragoza es obvio, es el equipo de la ciudad donde nací y lleva su nombre por toda España y por Europa, cuando se tercia.

En cambio, hay otros equipos con los que simpatizo por motivos ignotos. Equipos a los que me aficiono sin saber muy bien por qué. En tales casos, busco hasta debajo de las piedras motivos que justifiquen tal afición, aunque éstos esten tan cogidos por los pelos como el que paso a explicar.

Durante catorce años, no supe cómo justificar mi simpatía por la Juventus de Turín. No conozco la ciudad, ni sé el porqué del nombre del equipo. Tampoco sé si existen nobles ideales asociados al equipo piamontés, ni nada. En fin. El caso es que el otro día iba en un autobús recorriendo la diagonal ibérica del amor mundial y encontré el motivo. En Turín está la Sabana Santa, la demostración inequívoca de la Resurrección de Jesucristo. Y eso no es poca cosa.

Aunque pensándolo bien, podría ser del otro equipo de la ciudad... del Torino. Del Gran Torino.


10 canciones

miércoles 1 de abril de 2009

Hace unos días El País publicaba una lista de cien (100) artistas que elegían sus diez (10) canciones favoritas de todos los tiempos. Allí aparecen Calamaro, Bunbury, Sabina y compañía, pero se olvidaron de preguntarme a mí. Para subsanar este error, he aquí mi post.

Me he obligado a no repetir autor.

Stand by me. Me imagino cantándola al final de mi propia boda, descamisado, con el cuello de la camisa abierto y la corbata aflojada, rodeado de amigos y familiares con unas copas de más e interpretándola al más puro estilo Bunbury. De Ben E. King. Stand by me, darling.



El jinete. De Bunbury tenía que coger alguna. El caso es que no me terminaba de decantar por ninguna. No tenía ningún motivo para elegir Infinito y no Sácame de aquí, para dejar fuera a Lady Blue o señalar a Alicia, así que me he decidido por una versión. La original es de José Alfredo Jiménez y si alguno escucha la original podrá comprobar que, como se dice en estos casos, Enrique la hace suya. Lo que más me gusta es lo trágica que es, tanto la letra como la interpretación del aragonés errante, la guitarra distorsionada de Rafa Domínguez y ese piano tan inquietante de Copi.



I get round. En mi perfil pone, si mal no recuerdo, que una de las cosas que me gustan, junto a los estornudos y las patillas de Asimov, son los coros de los Beach Boys, así que aquí están.



Strangers in the night. Esta canción me gusta más cuando estoy recién afeitado y visto bien, como Sinatra. Ahora llevo barba y hace días que no me pongo una camisa, pero es una canción de tal belleza que no me resisto a ponerla.



Thunder in the mountain. De Dylan. Esta deberían ponerla en los autocares, y tira millas. Me dan unas ganas de hacer kilómetros sin sentido que paqué. A mi por lo menos me parece una canción de carretera, aunque no tengo ni idea de lo que habla. Cosas mías.



A day in the life. De los Beatles se pueden coger a puñados. Elegí esta por que no es tan típica como otras, aunque es sobradamente conocida. La melodía tiene algo de lineal y mucho de evocativa, dibuja un paisaje onírico que se vuelve pesadilla conforme avanza el tema, hasta que Paul nos despierta y se lo carga todo.



Knights of Cydonia.
Esta es brutal. Una especie de rockabilly futurista, lleno de imágenes, de tiros, de carreras y de acción. Muy cinematográfica. No se de que habla tampoco. Muse.



Carta de amor.
De Juan Luis Guerra. Esta es una de esas canciones que han hecho de mí el mejor bailarín del mundo sentado, y con frases como esta, no podía faltar: "no me interesa la Perestroika ni el baloncesto ni Larry Bird". Tenía que poner una cosa de estas.




Innuendo.
Queen fue el primer grupo que me gustó, cuando tenía ocho años o así. A partir de entonces estuve otros ocho años escuchando sólo a Queen, y es un recuerdo indisociable a acontecimientos como el Real Zaragoza 6-3 Barcelona, los entrenamientos con el equipo de fútbol sala de mi colegio (lo escuchaba antes de entrenar), o las excursiones con mis padres descubriendo los pueblos de Aragón (mi hermano y yo imponíamos la música que sonaba en el coche). A partir del minuto 3, la canción se vuelve especialmente bonita, oye.



Paloma.
No podía faltar. La vida le dio otra oportunidad a esta canción. Era una más. Sí, una joya, pero una de las muchas que pueblan Honestidad Brutal. No llegó a ser single, ni fue radiada, ni era tocada en directo (no era habitual, desde luego). Calamaro dejó de hacer conciertos, se encerró en Deep Camboya, y todo eso. Pero en 2005 el genio regresó. Volvio a subirse a los escenarios y el pueblo soberano adoptó esta obra maestra como himno calamarense indiscutible. Ahora, cierra sus shows con esta canción.



Si alguien se anima a elegir sus...

Barba

viernes 20 de marzo de 2009





Italia

lunes 23 de febrero de 2009


Todos ustedes saben de mi pasión por los macarrones. Por el placer que siento al engullir esa espiral de pasta, chorizo, queso y tomate. Saben del orgasmo bucal que me proporcionan y de la devoción que les profeso. Simplemente, son mi comida favorita. Otra de mis obsesiones alimenticias son las napolitanas. Me encantan. Sin lugar a dudas es el acompañamiento perfecto para el Nesquick a la hora del desayuno. Me parecen tan sabrosas como sencillas.

Pues bien, hubo en tiempo en que las cosas no eran así. Corría el año mil nueve noventiocho (1998). Era año de Mundial y como siempre (hasta ahora) buscaba fuera lo que mi país no me daba. Una selección a la que animar que tuviera opciones de ganar. Una selección con un pasado glorioso que intimidara a los rivales desde que sonara su himno. Un equipo campeón.

Elegí Italia. Siempre he sido un resultadista convencido. Un bilardista. Un tipo al que lo único que le importa es ganar y que el placer en el fútbol lo encuentra en la tabla de clasificación los lunes por la mañana. Italia representa todo eso.

Preparé la cosa concienzudamente. Me informé a conciencia sobre el calcio, analizando a cuantos jugadores pude; desde las estrellas de la Juventus hasta los modestos jugadores del Bolonia. Me aprendí el palmarés de los grandes equipos e intenté equiparar mi conocimiento del fútbol italiano con el del español. No fue fácil, en esos tiempos anteriores a internet, pero llegué a un nivel considerable.

La cosa no quedó ahí. En la librería del salón de mi casa encontré una guía turística de Italia, e investigué. Aprendí la localización de todas las ciudades con equipo en la Serie A, descubriendo también sus monumentos más significativos. Me estaba italianizando todo lo que podía, pero sabía que había algo que estaba fallando: no me gustaban los macarrones. Sin ningún esfuerzo había convertido a las napolitanas en mi desayuno favorito (su italiano nombre las incluía dentro de mi plan), pero nunca comía macarrones, creo que debido a alguna experiencia traumática en el comedor del colegio.

Me armé de valor. Para completar mi transformación tenía que comerlos. Ir más allá de los eternos canelones y aficionarme a ellos. Lo conseguí. Quién me iba a decir. Italia jugó tan mal como siempre y no pasó de los cuartos de final, pero aquel Mundial descubrí el plato de mi vida.

Hoy hace un año exacto

domingo 25 de enero de 2009


Hoy hace un año exacto me dirigía a Las Delicias. El pulso se me aceleraba con cada toma de conciencia. En el andén un hombre gordo no paraba de bostezar. Esos bostezos, emitidos con perezoso orgullo, me ponían aún más nervioso, por contraste. Me llegó a molestar la tranquilidad de aquel señor.

Hoy hace un año exacto la azafata anunció la llegada a Atocha. Cogí mi maleta. Estaba ausente, sumido en mi nerviosismo. Mi alma parecía minúscula, se había encogido, como acongojada ante el magnánimo acontecimiento que asomaba. Pero no era por eso. Simplemente estaba cogiendo carrerilla. Se había hecho pequeña para hacerse gigante poco después. Para poder abarcar todo eso que me ibas a dar.

Hoy hace un año exacto me situé a una mirada de ti. Ahí estabas. Abrigo Beatle y móvil con cadenita. Zapatillas bailarinas británicas. La tridimensionalidad otorgaba a tus rasgos nuevos matices. Sugerentes y atractivos, infantiles y maduros. Seductores. Las imágenes que había aprendido de memoria estaban cobrando vida y me epataban. Tus expresivos ojos se mostraban curiosos y sinceros. Tus labios derrochaban imaginación y sensualidad, y tu boca inteligencia y desorden. Sin lugar a dudas, la realidad te sentaba mejor que la imaginación.

Hoy hace un año exacto, y con Audrey de testigo, supe exactamente qué es lo que quiero hacer el resto de mi vida.