De pequeño

jueves 9 de octubre de 2008




De pequeño estaba convencido de la portabilidad de los pisos. Creía, sin atisbo de duda, que las viviendas que se vendían eran arrancadas de los edificios, y entragadas al comprador. Y ya él, que hiciera lo que quisiera. Me parecía totalmente lógico. Como cuando te compras una camiseta, que te la llevas a casa. No era ésta una cuestión menor en mi infancia. Temía que los vecinos de debajo vendieran su casa y, con ello, mi familia y yo nos precipitásemos al abismo. Afortunadamente, pensaba, vivimos en un segundo que hace primero, así que la caída sería moderada. Además, me planteaba el problema estético que suponía el asunto. Con el tiempo, con la compra-venta de casas, los edificios acabarían teniendo una fisonomía harto heterogénea; nuestras calles se llenarían de extraños mosaicos y fachadas incompletas.

Otra de mis creencias de pequeño era que He-man no tenía pene. Para qué; He-man no lo necesita: no mea. El pene es algo demasiado humano para alguien como He-man, que era poco menos que una deidad para mí. Mi padre y mi hermano se reían de mí. Aseguraban que sí que tenía, y que era una persona normal y corriente. Pensándolo ahora, no se quién estaba más equivocado.

Por último, una última creencia. Un dogma en mi niñez. Yo, a mis cuatro años, como es obvio, no sabía nada sobre las religiones del mundo. No tenía ni idea de qué era el islam, el budismo o el hinduismo. Sin embargo, creía en la reencarnación. No tenía duda. Un día de finales de los ochenta, se lo dije a mi hermano. "Que sí, que sí, que cuando te mueres, vuelves a nacer... Pueden pasar muchos años, hasta cien, pero vuelves a nacer... lo malo es que igual naces calvo", le conté a mi hermano a modo de confidencia. Mi hermano me lo negó rotundamente. Así las cosas, fuimos a hablar con mi padre, a que nos aclarara la duda. Tajante, negó mi teoría.

Y vosotros, ¿Qué cosas creíais de pequeños?


Subrayar

jueves 2 de octubre de 2008

Al autor de esta entrada nunca le ha gustado subrayar. Siempre le ha parecido un recurso con un algo hortera, un artificio poco efectivo que, lejos de llamarle la atención, repele su mirada cual desnudo de la Duquesa de Alba. Más que un aviso le parece un intento de corrección; un tachón fallido que no merece si no ser pasado por alto.

Prefiere sin lugar a dudas la negrita. Esas palabras escritas con rabia, casi hasta rasgar el papel, han de ser verdaderamente importantes. Si no, nadie se habría molestado en escribirlas una y otra vez hasta conseguir que luzcan tan gruesas como la tripa del que escribe. Sin embargo, con papel y bolígrafo no es fácil escribir en negrita. Uno tardaría mucho tiempo en hacerlo y se perdería las valiosísimas -o no- explicaciones del profesor de turno.

Afortunadamente, en este inicio de curso, Fanático ha encontrado la solución a sus males. El responsable: el doble subrayado. En un intento desesperado por señalar los títulos de una manera adecuada, nuestro egócrata favorito ha rescatado de su más tierna infancia este recurso, tan contundente como la negrita y más atractivo estéticamente que el subrayado. Además, ha introducido una importante variante. Subraya las palabras individualmente, no las frases completas. De este modo, sólo tiene que aprender lo que está escrito, y no los espacios. Por si fuera poco, sus apuntes ahora parecen una pantalla del Super Mario, llenos de divertidas plataformas -los dobles subrayados- por las que ir saltando hasta completar la fase, osea, el tema.