Italia

lunes 23 de febrero de 2009


Todos ustedes saben de mi pasión por los macarrones. Por el placer que siento al engullir esa espiral de pasta, chorizo, queso y tomate. Saben del orgasmo bucal que me proporcionan y de la devoción que les profeso. Simplemente, son mi comida favorita. Otra de mis obsesiones alimenticias son las napolitanas. Me encantan. Sin lugar a dudas es el acompañamiento perfecto para el Nesquick a la hora del desayuno. Me parecen tan sabrosas como sencillas.

Pues bien, hubo en tiempo en que las cosas no eran así. Corría el año mil nueve noventiocho (1998). Era año de Mundial y como siempre (hasta ahora) buscaba fuera lo que mi país no me daba. Una selección a la que animar que tuviera opciones de ganar. Una selección con un pasado glorioso que intimidara a los rivales desde que sonara su himno. Un equipo campeón.

Elegí Italia. Siempre he sido un resultadista convencido. Un bilardista. Un tipo al que lo único que le importa es ganar y que el placer en el fútbol lo encuentra en la tabla de clasificación los lunes por la mañana. Italia representa todo eso.

Preparé la cosa concienzudamente. Me informé a conciencia sobre el calcio, analizando a cuantos jugadores pude; desde las estrellas de la Juventus hasta los modestos jugadores del Bolonia. Me aprendí el palmarés de los grandes equipos e intenté equiparar mi conocimiento del fútbol italiano con el del español. No fue fácil, en esos tiempos anteriores a internet, pero llegué a un nivel considerable.

La cosa no quedó ahí. En la librería del salón de mi casa encontré una guía turística de Italia, e investigué. Aprendí la localización de todas las ciudades con equipo en la Serie A, descubriendo también sus monumentos más significativos. Me estaba italianizando todo lo que podía, pero sabía que había algo que estaba fallando: no me gustaban los macarrones. Sin ningún esfuerzo había convertido a las napolitanas en mi desayuno favorito (su italiano nombre las incluía dentro de mi plan), pero nunca comía macarrones, creo que debido a alguna experiencia traumática en el comedor del colegio.

Me armé de valor. Para completar mi transformación tenía que comerlos. Ir más allá de los eternos canelones y aficionarme a ellos. Lo conseguí. Quién me iba a decir. Italia jugó tan mal como siempre y no pasó de los cuartos de final, pero aquel Mundial descubrí el plato de mi vida.